BELGRANO, y su encuentro con SAN MARTIN

La suciedad de Belgrano, casi harapienta, no ocultaba sus ojos seductores ni siquiera sus cabellos dorados. Regresaba de otra campaña en derrota, dolido y amargado, pero con el espíritu entero. Las enfermedades en creso, tampoco le menguaban el ánimo. El doctor de la economía y el arado de la tierra, el educador por antonomasia, el guerrero sin pasta, acudía a Yatasto, donde esperaba recibir refuerzos de valía y le venían a reemplazar.

            Cruzó el riacho, esforzadamente, el caballo se le iba de direcciones y apenas podía mantenerlo, y mantenerse, recto. Sus soldados le miraban con admiración. Le seguían queriendo porque Belgrano era tan campechano como rígido, ilustrado como vulgarista, mujeriego como casto cuando los tiempos apremian. Belgrano era católico y usaba el catolicismo en su provecho político. No daba puntada sin hilo. Todas sus convicciones le servían para convencer, pero hacía de la puesta de escena, su potencia para movilizar. Era un maniobrador de opiniones y sensaciones, La palabra manipular, en verdad, sería achacarle un defecto, que no tenía. Se lo tenía por ingenuo y bueno, pero quienes le trataban se sorprendían de su fortaleza de carácter, de su cejo fruncido, de su testarudez en cuanto a todo. A veces el rigor de su personalidad le jugaba malas pasadas: Separó a Güemes y a Dorrego por irreverentes, y fueron los capitanes que le faltaron para ganar la campaña. Pero, como decía Paz, se estaba aprendiendo del arte de la guerra, y se cometían errores. Un doctor en filosofía y leyes, un literato de cafés de cara al puerto, un idealista de buen vivir, y un postgrado en adecuarse a los tiempos que corren.

            Cuando Belgrano llegaba a Yatasto, se le alegró el corazón, le habían hablado del Coronel que venía a reforzarle (reemplazarle, sabemos nosotros) y lo había solicitado de antemano que le acompañara cuando separó a Güemes y a Dorrego. Pero no se lo mandaron a tiempo. Ahora, tarde, debía escalar la montaña fatigado pero con nuevos bríos, y conocedor del recorrido. ¿Podría? Porque la salud se le escurría de las manos como el agua que intentaba beber, viéndola caer al suelo. Acaso comparó, en ese instante, los años joviales de su vida. En Salamanca, por Europa, en los días sagrados de Mayo, o cuando con una mueca de sarcasmo, mandó izar bandera blanca como el plata en el Rosario para distinguirnos del resto de las naciones del globo. Blanco como el Plata, que quiere decir argentinium. Belgrano estaba inventando o creando, o fundando, la argentinidad.

            Y lo sabía, porque no era tonto. Se lo había prometido al agonizante Castelli, el primo que amó como a un hermano y su mejor amigo. Recorriendo los mismos parajes que él libertara en el año 11, Belgrano seguía los caminos del primo mayor. Le adoraba de niño, cuando lo veía flirtearse a la Angelita. Juan José le miraba de sopetón, y le acariciaba el flequillo. Después le palmaba el culo y le decía en son de sorna al padre de Manuel, Domingo, con esta voz de pito, quel pibe no te salga pelucón. Y el Domingo miraba de malos modos a su sobrino. A ese descarado hijo de re mil putas sin sentido de la moral. Al hijo del boticario de baja alcurnia que se le metía en la familia a arruinarle sus planes de aristócrata pueblerino. Cuando Juan se iba al Alto Perú a iniciar estudios en Derecho, fue a despedirse del pequeño querubín de los Belgrano, entrado en su adolescencia, picado por el acné. Lo notó extraño y, Castelli, con pasta de tío amigo, se llevó al crío de putas por ahí. Le presentó una negra esclava de una familia amiga, y Belgrano se inició en el arte del amor. Cuando volvió del Alto Perú, con el título bajo el brazo, la fue a visitar, y la negra no lo quiso recibir: Estaba enamorada de Manuel, cuyos susurros finos en su oreja, la calentaban como ninguno. Castelli escupió el tabaco, ese pendejo de mierda me las va a pagar. Y Belgrano, desde Europa, parecía sonreír.

            Cuando bajó del caballo, y le dolió el alma pisar el suelo de Yatasto, San Martín salió a su encuentro, y le abrazó con afecto:

- A sus órdenes, General, le dijo, seco, el venido de Europa

- Es un honor, para mí, conocer al Libertador de la Patria, le espetó, entusiasta, Belgrano, y a San Martín no le quedó otro remedio que sonrojar.

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4 comentariosDeja un comentario

  1. Nunca un poco mas resumido nooo

  2. Reblogueó esto en ¿VALE LA PENA SER ARGENTINO?y comentado:

    BELGRANO-SAN MARTÍN.


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