
8- Sus años mozos en Nazareth, tras estar en EGIPTO
“Al ser carpintero…”, dice una canción. El Cristo de los Hebreos se volcó a la carpintería, siguiendo los pasos de su padre terrenal. Se volcó a la construcción con maderas de utensilios para el hogar, él, que era hijo del Creador. Porque les recuerdo que la raza de los Constructores eran reacios al Barbudo que funda, desde los tiempos de Babel. Ahora se estaban reconciliando. Pucha, che. Que me estaba quedando solo. Aprendió el oficio de pequeño, aunque de chico era el “mandadero” de la familia. Con la enfermedad en creso de José y la emancipación de sus hermanos quedó a cargo de la familia. Tenía quince años.
Culto y a la vez vulgar, no faltaba a los bailongos de las quinceañeras ni a las charlas con lectura de los jueves por la noche. Yo, para matar el vicio, había abierto un comercio de Ramos Generales en las cercanías de su negocio, para vigilarlo. En los torneos deportivos inter-comerciales recuerdo haber perdido una final contra los “Madereros” por un gol de puño suyo sobre el final. Sí ya lucraban con “la mano de dios” desde esas épocas. Era todo un plato el pequeñín. Querido por todos y admirado por los más. Solíamos cruzarnos los sábados, cuando en el descanso obligado de los judíos él concurría a la Sinagoga local mientras yo tomaba sol en la fuente de la plaza.
- Jesús… – Y él apenas levantaba las cejas en señal de saludo.
Así fueron pasando los años tranquilos y mansos. La única anécdota relevante fue cuando su primer traslado a Jerusalén. Se perdió de la vista de sus padres, y de mí mismo. Lo encontramos después, entre reprimendas y consejos para el futuro, en el templo, sermoneando a los doctores de la ley,
- ¿Por qué me buscaban, no sabéis que debo estar en la casa de mi padre?, contestó enérgico – Y tú – dirigiéndose a mí – ¿Qué hacéis entre nosotros? Éste no es tu reino ni tampoco somos tu familia – Dichas esas palabras le dejé unos años. Viajé a Roma. Sus palabras me habían dolido. Después de todo, era mi pequeñín más querido.