Belgrano, tu grato nombre.

Un día como hoy, pero de 1812, Manuel Joaquín del Sagrado Corazón de Jesús José Belgrano libraba combate en las afueras de la ciudad de San Miguel de Tucumán, consiguiendo en una desordenada lucha, el triunfo más importante, militarmente hablando, de nuestra historia: La victoria militar, revivió la nacionalidad argentina…

Belgrano había recibido instrucciones específicas de retirarse al avance de Pío Tristán, un criollo al servicio realista, y tío, con el tiempo, del pintor Pâul Gauguin, el mismo que tendría en su poder la oreja de Van Gogh (no un disco del grupo, la oreja misma); y abandonarlo todo hasta la ciudad de Córdoba, y acaso más allá: Las instrucciones se las impartía el impúdico de Bernardino González Rivadavia, a quien en una bravata, se comió un trompadón de nuestro querido José de San Martín y Guarú,

(Extraído de “Vale la pena ser argentino?”, libro del escritor vulgar Carlos Pistelli:

Crease la escarapela.    

       Como resarcimiento a su mala acción, Belgrano pasa a custodiar las costas del Paraná. Ha cambiado el abogado venido a general. De una lucidez mayúscula en los asuntos de la Patria (siendo el máximo exponente de todos los actores de Mayo), de un idealismo algo ajeno a la tierra y sus hombres va ganando comprensión y humanismo caminando los pueblos del país. Ha comprendido que el jacobinismo extremo es contraproducente y que una política religiosa que equipare los males de Castelli y los suyos en el norte atraerá a las poblaciones a la Revolución. Y sus soldados necesitan distintivo para diferenciarse de los chapetones. Conforme a los colores del escudo de los virreyes o al manto de la virgen del Rosario manda confeccionar cintas azules y blancas que Rivadavia firmará como escarapela nacional. 

manuel-belgrano

Crease la Bandera.         

   Su convicción emancipadora se agiganta. Manda emplazar dos baterías que custodien el paso del Paraná por los Pagos de los Arroyos: Libertad e Independencia. Belgrano, jugando con fuego, decide enfrentar a los hombres del Régimen sin abandonar su amistad personal con todos ellos. Desde el 27 de Febrero de 1812 tenemos enseña “para diferenciarnos del resto de las naciones del globo”. ¡Mal rayo me parta!, habrá pronunciado Rivadavia negándole mostrarla.

Cuando una colonia decide flamear bandera propia provoca su diferenciación de la metrópoli. Todas las ciudades fundadas por los españoles tenían su escudo correspondiente, pero tener bandera propia iba más allá. Cuando Belgrano, alejado de la Buenos Aires “enciclopédica”, encantado con el patriotismo simple de las paisanadas del litoral, enarbola bandera, estaba anticipándose al Congreso de Arroyo de la China y al de Tucumán. Estaba declarando la Independencia por las suyas.  

Ya en el ejército del Norte deberá ocultarla. Y si le llegasen a preguntar dónde la tiene guardada, dirá que para cuando logremos una gran victoria volverá a flamear “… y como ésta no se producirá, se olvidarán de ella”. El fastidio belgraniano a la obra rivadaviana se oculta en esa queja y un silencio molesto. Ya habrá tiempos de enfrentar al Régimen. Ahora hay que luchar por la Independencia. Aunque Rivadavia no luche por lo mismo. Inicia, entonces, el éxodo jujeño.

¿Qué significaba la bandera para aquellos argentinos, y para estos como nosotros en el presente? No encuentro mejor explicación que la dada por José María Rosa: “El argentino ve en su bandera la representación de la Patria sin mirar la calidad del paño ni la perfección del colorido; se descubre ante ella sometiéndose al más fuerte de los vínculos: la comunidad nacional. Le agravia que la ofendan, más que una afrenta personal. La bandera significa la Nación, su pasado y su porvenir, nosotros, nuestros padres y nuestros hijos, la tierra que pisamos, los horizontes familiares, los afectos más caros; todo aquello que no se razona pero es el espíritu  de una comunidad, una ligazón que ennoblece la vida y justifica se la entregue en su defensa”. Es la descripción de sentimientos que mi lenguaje no hubiera podido expresar nunca. Bajo esos noble sentimientos, empezaba a marchar el pueblo argentino en el afán de independizarse. Todavía marchamos, pese a todo… 

El Éxodo Norteño.

¿Qué lleva a millares de gentes a abandonar sus casas, las cunas de sus más caras afecciones, perdiéndolo todo, quedándoles nada, arriesgando sus propias vidas y la de sus familiares? ¿Qué certidumbre tienen del porvenir, pues supongo que no lo recuperarán jamás? Patriotismo, anhelos de libertad, Manuel Belgrano. Los pueblos del norte dejan sus vidas detrás para escribir la Historia Grande de la Patria. Los conducía su patriotismo, una genuina abnegación, sus ganas de recuperar lo perdido en la esperanza que da el saber del triunfo final de la más grande de las causas.  Esa que llevaba adelante con tanta pasión el doctor Belgrano y sus compinches, los gauchos de Güemes. ¡Era la Patria misma que negaban Rivadavia y los suyos!

Tucumán.

            Las órdenes que recibió Belgrano eran retirarse hasta Córdoba. Poco importaban los pueblos tras su espalda. Pero al llegar a Tucumán, se decidió a librar combate. Con tanta buena suerte, que en un desorden absoluto de disciplina y estrategia, venció, detuvo la marcha realista, reavivó ánimos y anhelos olvidados y capturó todo el parque de artillería. Podría decirse que victoria alguna nunca vino tan bien como esa.

En los primeros días de Setiembre de 1812 había logrado un triunfo menor en las afueras de Tucumán. Viendo el renacido ánimo de sus tropas, y la dedicación patriótica de los lugareños se decidió a la acción. Era el instinto popular y libre de un hombre grande llamado Manuel Belgrano. Aunque el héroe de la jornada sería un loco lindo llamado Manuel Dorrego.

Belgrano arriba a Tucumán en setiembre y se decide a jugar la batalla, entusiasmado de los lugareños que se lo piden: Una batalla desordenada, de coraje, de argentinidad, donde una maraña de langostas hacían sentir a los soldados que recibían balazos, y en donde Belgrano no supo haber ganado el encuentro si-no a la mañana siguiente, cuando el enemigo huía del campo entregando la batalla: Manuel Dorrego, había sido el héroe de la jornada, de ese glorioso día….

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Published in: on 24 septiembre 2007 at 12:21 pm  Comments (1)  

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  1. Eso de la oreja de Van Gogh estuvo de mas. No mezclemos a los tarambanas con los patriotas, señor.


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