Cuentos Vulgares I

 GERTRUDIS, LA CUESTIÓN ES QUE… 

I

 A Gertrudis le dolió escuchar por radio la muerte de un taxista resistiéndose a un atraco. Novaresio hacía hincapié en la inseguridad en las calles, de cómo quiénes pagaban con su vida, eran siempre laburantes buenos e íntegros. Hizo un ensayo de Rubén Velásquez, el taxista muerto, trabajador intachable, esposo y padre ejemplar. La cuestión es que a ella le sonaba conocida su historia. Leyendo el diario se sorprendió cuando en los avisos fúnebres figuraba invitando al sepelio y con el título de “amante” del muerto. Escupió la galletita de agua con manteca, porque no entendía nada.                 ¿Ella, amante, justo ella, y de un desconocido? 

II

 Gertrudis Genovesa López, contaba treinta y cinco años los doce de febrero. Soltera y solitaria, vivía en la casa de sus padres, ya fallecidos, hija única y heredera de una desconsiderable fortuna. Profesora de inglés en las escuelas normales, daba también clases particulares para pagarse los vicios, como ella decía. Esos vicios eran, concurrir a cuanta obra de teatro hubiera en la ciudad, películas que se estrenasen y gustaba también de cuanta exposición artística se inaugurara. Tenía un paladar cultural como para cubrir esa soledad cotidiana de su vida. Pero si elegía el escondite de su casa como refugio, distaba mucho de ser tímida. Más bien era desconfiada.
                Su madre, una genovesa que huyó de la guerra con sus padres y sus cuatro hermanitos, supo casarse con un argentino laburante y gorila. El padre era empleado ferroviario administrativo y ganaba un buen sueldo en esas épocas doradas de la Argentina, que casualmente coincidieron con el auge del Peronismo. Con el dinero ahorrado se habían comprado la casona de barrio Alberdi, y hasta los primeros teléfonos y televisores surgidos a la venta. El padre era tan antiperonista, que cuando chico supo ser atleta y ganar los cientos diez metros con vallas, para rechazarle en las mismas narices del General la medalla ganada. Cuando sucedieron los episodios de septiembre del ’55, las amigas paquetas de la mujer la fueron a buscar a la desesperada doña Ángela, preocupada porque su marido no volvía a casa. Doña Ángela, doña Ángela, acabamos de ver a su marido por televisión, trepado a un colectivo gritando y vociferando como pocos. Cuando doña Ángela lo vio llegar al marido con una sonrisa de oreja a oreja a altas horas de la noche, temió contarle lo sucedido, y prefirió ocultar, al servirle la comida, que ya sabía que la engañaba y cenaba en casa de la otra.
                La cuestión, es que Gertrudis tardó en nacer, y recién cuando tanto Frondizi e Illía habían fracasado, don Cosme se decidió a traer una López al mundo de su peculio, hasta reconociendo para sus adentros, que sus esperanzas de verla crecer en una sociedad tranquila y pacificada dependían del regreso al pago del famoso militar innombrable en casa que había llegado a General sin pelear una sola batalla. Y, bueno, Gertrudis, solía acunarla, San Martín hubo uno solo.
                Los López, mandaron a la nena de pupila a un Colegio de monjas, intentando no mostrarle ya, la ruptura del vínculo matrimonial. Doña Ángela la iba a buscar los domingos para ir al cine; don Cosme, los sábados, para llevarla a ver Central Córdoba. La separación de sus padres no se produjo por las vías legales, ni tampoco de hecho. Don Cosme falleció, viejo y cansado, compungido por los sucesos que llevarían a la terrible rendición en Malvinas.
                Gertrudis se convirtió en la rebelde del Colegio, en las mimadas de las monjas y en la envidiada de sus compañeras. También en la más mirada por los jóvenes caballeros. Antes de cumplir diecisiete, fumaba, tomaba y dormía con hombres mayores que ella. Cuando dejó el Colegio, y aunque vivían bien de la pensión del padre, y de dineros prestados por sus tíos maternos, consiguió trabajo en un Banco, y estudió el profesorado de  idiomas por la noche. A la madre, que la quería ver médica, no le hizo mucha gracia, pero se resignó. Recibida, empezó a trabajar en los normales. 

 III

 Salió de casa, entonces, dispuesta a saber porque ella invitaba al sepelio del taxista asesinado. Tomó calle Warnes hasta Superí, donde todos los días, y puntualmente, se subía al colectivo de la línea 107. El bondi, atestado de gente, bajaba a veloz velocidad por la calle Rondeau, buscando ganarle a los Semáforos amarillos. Tuvo que parar, lamentablemente para ella, tan impaciente con la marcha “lechera” de los colectivos cuando tiene que llegar temprano a algún lugar, en el cruce con Sorrento. Jóvenes estudiantes que la reconocían de años de estudio la miraban entre extrañados y curiosos. Ella, de pie frente a una señora embarazada sentada y feliz, no les llevaba el apunte. Se había ganado, no digamos mala fama, pero por ahí andaba. Todos recordaban a la profe de inglés sancionada por acostarse con varios de sus alumnos. Escándalo. Pero doña Ángela se había muerto hacía rato. 

IV 

 Todo empezó culpa, en parte, de la belleza que irradiaba una joven profesora de inglés en un alumnado de catorce, quince años. Y repito, de inglés. Especialmente dirijo esta oración a todos aquellos… Perdón, me retracto,  a todos aquellos… VARONES, que alguna vez sentimos una atracción sobrenatural con alguna profesora de nuestra adolescencia. En esos descubrimientos de hombre que uno terminaría haciendo el resto de sus días. “Descubrimiento de hombre”, frase intachable, de grave contenido libertario y nacional. Internacional, agregaría. La cuestión es que, retomando el relato… es que me tocó conocer a doña Gertrudis. Fue mi maestra particular porque mi viejo me exigía al mango, en esto de sacar buenas notas. Y en inglés era de cuarzo. Cuando llegué a su vieja casona, cuidada y perfumada pero cuyas paredes igualmente transmitían en ese olor suave de viejas tardes de mate y familiares poblando sus patios, la alegría de días felices. Ella me esperaba radiante y hasta glamorosa. Ojos claros, verde marihuana como dice el cantor. Tez morena, senos destacables y un alerón trasero con el cual Ayrton Senna hubiera superado a Fangio en los campeonatos mundiales. Tenía un solo defecto facial, una piel curtida de acné juvenil que le había dejado huellas en forma de cascaritas. Pero era una hermosa mujer. Lo in entendible todavía hoy, es porque sigue soltera mujer tan agraciable.
                La cuestión es que Calixto, en su mocedad de quince años, no pudo resistir la tentación que el destino le presentaba. Queriéndola ayudar a bajar unas carpetas de un armario, logró chocar su mirada con la de ella, tras cuatro tortuosas sesiones de inglés donde infructuosamente lo intentó. Tras besarla de prepo, y negarse inicialmente, terminaron haciéndolo en su cama blanca de sabor cítrico. Y aunque se resistía en sus regresares, siempre, siempre pudo más. Fue su culpa, en todo, que la terminaran echando de los normales por acostarse con uno de sus estudiantes menores. Fue un grave golpe para su salud anímica. No creo que haya podido recuperarse jamás. 

V 

Mientras llegaba al centro, Gertrudis recordó por enésima vez a Santiago, el chico que la llevó a la perdición. O por el cual ella se perdió inmaduramente. Por una razón que no se supo explicar, ingresó al Normal de calle Mendoza. Recorrió sus pasillos, se quedó mirando a los chicos aburridos en clases, cuando ella era una didáctica y entretenida docente. Cuando quiso salir, se encontró en la calle Entre Ríos y La Paz. Cómo llegué acá. La cuestión es que le venía al dedillo. Porque el sepelio del taxista quedaba cerca de allí. Se terminó de secar las últimas lágrimas dulces, y tras darle una caricia romántica a la institución que había sido su vida, se dirigió a revelar el misterio.
                Cuando llegaba, acaso el destino hizo que se cruzara, sin saberlo, con Olga. Ingresaron juntas, ella preguntándole a la viuda por la Sala donde velaban a Rubén. Olga se extrañó. Usted conoció a mi marido? No, pero soy la amante que salió en el diario. Ah, vos sos Gertrudis, le sonrió tristemente. Y dónde vivís, acaso hayas sido pasajera de él. Yo, de Barrio Alberdi. La casona que queda frente a la Plaza, en Warnes y Herrera. Olga se quedó pensando, porque cuando se dio cuenta de la dirección descrita, se sobresaltó un suspiro.  

VI 

El olor nauseabundo que provenía de la habitación tumbó a uno de los policías. La cuestión es que había que entrar: Una joven mujer, pendía de la soga atada al ventilador de techo. El médico forense ayudó a bajarla, y la depositaron levemente en la cama. Había sido una mujer bella, alcanzaron a musitar. Fui, una mujer hermosa. Y dicho eso, Gertrudis torció el cuello hacia atrás. 

 VII 

Que pena Gertrudis que te hayas matado por no soportar la vergüenza. No era eso, Olga, le agradeció el té servido, me habían quitado la más grande de mis alegrías que era darles clases a los chicos. Pero matarte, nena, le espetó el viejo Boris acompañado por su enfermera. Del ataúd se oía un silbido, y Olga rezongó. Porqué no te morís de una vez, Rubén. Pero vieja sabés lo mal que me hace verlos llorar. Ay, mamita. Rubén se levantó del jonca, se puso unas pantuflas y solicitó un café tras sentarse al lado de Gertrudis. Así qué vos sos mi amante. Linda, resultaste… Don Boris, ¿Cómo anda? Acá estoy, Rubén. Un poquito muerto. Que buen viejo era don Boris. Muerto y todo, le seguía pagando el sueldo a la enfermera para que mantenga a sus tres hijos. Cuando Rubén se disponía a beber el café, un nene de unos cinco años irrumpió en la sala fumando un poderoso habano.

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Published in: on 4 diciembre 2007 at 9:56 pm  Comments (8)  

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8 comentariosDeja un comentario

  1. Qué loco, Cónsul. Usted me hace doler al nombrar mi barrio, el colectivo de mi infancia.
    Me está debiendo el ensayo sobre la calle que muta con las cuadras.
    Un abrazo.

    Hoy rendí y me saqué el curso para adultos de encima. No te avisé que estaba en el centro porque me vine al rancho a dormir. El jueves es la fiesta en la escuela, y el viernes: de regreso al monte. No aguanto más: el 2007 me tiene re podrido.

    Malas noticias; salimos el 23 para la Quiaca. ¿Te dejan tus parientes pasar la navidad con nosotros? Hacemos cucharita en la carpita, chichipío.

    Hoy me crucé con una señora de ojos claros… me preguntó si me llamaba Santiago. Sí, le respondí, ¿de dónde me conoce? Te vi en fotos y video. ¿Los pornos? Si nunca los publiqué… No, rió la de ojos claros. Videos de la montaña. Ahhh… me alivié. Yo soy la esposa de Peco, continuó. Volví a suspirar. Me dijo que el viernes había un chopeada. Es cierto???

  2. Quien es Rubén?
    El tachero, lo conozco,

    Cónsul Cultural Saintterriense

  3. Hola, gracias por visitarme, leí el cuento, está genial, incluso, me recuerda un poco al estilo de Isabel Allende o García Márquez.

    Te hago una sóla acotación: cuida los signos de puntuación, hay unas comas mal puestas que retrasan la fluidez de la lectura, pero está genial ¡Que talento!

  4. El Gobierno hubo de reprimir por primera vez en su larga trayectoria para evitar que una bandada de zánganos se arrojaran calenturientos sobre la nueva princesita que comenta nuestra página: Solicita que dejen de ser tan falderos de ganas;

    DON DOC PETROFF
    Presidente Saintterriense

  5. “Tez morena, senos destacables y un alerón trasero con el cual Ayrton Senna hubiera superado a Fangio en los campeonatos mundiales.” Fabuloso, simplemente fabuloso.

  6. Hay que golpear a esta minita: peronista clientelista.

  7. Escúcheme, don Calixto. Cuando me vaya a Bolivia te dejo la contraseña para que te hagas cargo de mi blog. Ojo con lo que vas a subir…

  8. […] las ganancias de los autores de las ventas de sus libros. Firman esta declaración, Abel, Rubén, Gertrudis, Sherlock Holmes y el inspector Watson, Drácula, Hatty Potter, el capitán Nemo, Tom Sanwen y […]


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