Cuentos Vulgares II

RUBÉN, ERA UNO DE ESOS…

 

I

 Tenía la costumbre, desde chico, de empezar la lectura del diario matinal de atrás para adelante. Leía la contratapa, tuviera nota de opinión o chistes, luego arrancaba por la penúltima página, donde veía el servicio meteorológico, los clasificados, resolvía los crucigramas, comparaba las quinielas con el número jugado en la noche anterior, y se detenía en los avisos fúnebres. Era su maldita manía. Sus compañeros de trabajo, sus amigos del bar, hasta su mujer – cuando era costumbre de la época el estado mansedumbre de la señora de la casa hacia su marido- lo cargaban todas las veces como diciéndole, qué lees tanto, una amante furtiva buscás, o acaso la tranquilidad de no estar allí. Rubén Darío Velásquez era su nombre, contaba cuarenta y seis años de canayón, padre de dos hijos, tachero toda su vida. Era de esos tacheros macanudos que si el pasajero le caía bien no le daba vueltas de más para chorearle aunque más no sea unos centavos. Ponía FM tango todas las tardes, a Novaresio a la mañana, y los programas deportivos por la noche. No se aguantaba mucho estar sin hacer nada, por eso pasaba poco tiempo en casa. Vos te vas a morir de un síncope, le decía Olga, la vieja. Nunca la engañó, Y eso que fue su primer novia. No era devoto de la religión, tampoco de Dios, Su única fe, si podemos llamarla así, era verlo a Central campeón, a los pechos yéndose derrotados del campo, y que a sus hijos no les faltara nada. Poco, conciso, pero bastante argentino.
            Sus hijos le querían de amontones. Fiel padre de familia, la vieja se encargaba de domesticar a los chicos, y a él le tocaba la reprimenda de la noche a los chancletazos, y si se portaban bien, acaso unos bombones de chocolate con dulce. No le molestaba tanto las malas notas, era más de esos padres macanudos que creían en la fuerza de la voluntad de sus hijos por superarse a sí mismos, sin importarle aplazos o “dieses”.
            Hincha de radio, porque casi se agarra a las trompadas con un hincha que le insultaba al sobrino de un amigo en el tablón, prefería los comentarios de Evaristo Monti. Era un hincha de esos sabelotodos, de esos tantos técnicos que pululan por doquier. Pero no era de esos hinchas frustrados como jugadores que se las saben todas. Era un hincha, y con todas las letras, aunque le molestaran las palabras con hache inicial. Para qué te sirve una letra muda, decidme vos, solía referir en esos bares bohemios que frecuentaba de chico y en donde conoció a la Olga.
            Olga era una de esas mujeres bonachonas, pechugonas, pero que no tienen mayores ambiciones personales que la de encontrarse con el hombre soñado, casarse, y criar los hijos en su función de ama de casa. Poco, para mujer tan buena. Se habían conocido en un bailongo en donde cantaba Baglietto, en esos recitales donde el somnífero no competía con la pachorra que generaba escucharlo al joven Juan Carlos. Ella fue con dos primas, y tuvo la mala suerte que dos milicos arrogantes se las quisieran levantar por la fuerza. Pudieron ingresar al boliche, casi huyendo del atropello, y en la puerta estaba el flequillo hipnótico de Rubén que la cautivaría el resto de sus días. Y si se le agrega esa parla de intelectual / tachero seguidor del Alfonsín de los albores de la democracia, Ja, loca, como te hacía temblar las piernas.
            Como tachero, se destacaba que no era de los que discriminan a sus pasajeros y sigue de largo cuando ven una figura del malón. El borracho, la trola, la vieja, el cheto, todos tenían su lugar en el asiento del R12. Una vez le hizo señas Aldo Pedro Poy. Casi choca a otro taxi para subirlo, y después no le cobró. Pero como querés que te cobre, Aldo, si en tu gol, mi viejo y yo nos abrazamos por única vez en la vida. Ahora bien, una vez le hizo señas, y con la mano izquierda, Mario Zanabria, y eso que ya se había retirado: Pero a este guacho lo atropello por mala persona. ¿Por mala persona? Por mala persona. Y le pasó raspando. ¡Metete la zurda mágica en el orto!

            Historias de taxi no le faltaban, pero no era de esos que se ponían a hablar con el pasajero. Le gustaban los buenos modales. Iba bien empilchado al servicio, aun en los días de calor. Estoy prestando un servicio público, y me debo al público, solía repetir con gracia de Cacho Castaña. El día de los cuatro trabas que lo querían atracar y llevarlo pa’ las casas fue su mejor tensión. Pero era bueno el viejo Rúben. Lástima que fuera tan burrero. Lástima que no hubiera seguido la carrera de agrimensor que tanto le gustaba. Su mamá se lo reprochaba. Con tanta inteligencia y manejando un taxi. Con esta inteligencia formé mi familia, contestaba.

II

 No era de tomar cafés, prefería el mate, pero esa mañana paró frente al bar del encuentro, y se pidió un cortado con una medialuna. Cachó el diario antes que lo agarrara la enfermera del viejo Boris, y empezó con su rutina habitual. Venturaban para la región días calmos, y solar sereno. Despejados con nubes aisladas en el oriente, y caluroso a las tres de la tarde, pero ñulista para la noche. Rubén era así de loco. Cuando estaba fresco o un viento traía esas brisas polares de las que hacen tiritar, solía decir, “Se viene el ñulismo”. O “que ñubels que hace”. Había salido en la Nacional nocturna el 327 a la cabeza y el horóscopo de cáncer, el signo con el que se identificaba aunque particularmente él tuviera carácter de Aries y nacido del 22 de octubre, le pronosticaba malos tiempos. Se rió para sus adentros. Entonces pasó a la lectura de los muertos. Casi le da un síncope: “Rubén Velásquez, Falleció a los cuarenta y seis años, Su esposa: Olga; Sus hijos: Beto y Camila; su hija política: Beatriz; su nietito: Pedro; su amante: Gertrudis, participan de su lamentable fallecimiento… “¡¡Pero qué carajos pasa acá!! 

III 

Cómo puede ser que me esté pasando esto. Que joda de mal gusto. ¿¿Y amante yo, qué soy más puritano que Gandhi?? Esto seguro que fueron los hijuna gran puta de los muchachos. Respiró aliviado. Bebió de un solo sorbo el cortado, y se dispuso a ir a su casa. Ey, pagá el café, chanta, le espetó el mozo. Vos podés creer que los guachos de la esquina me sacaron un aviso fúnebre, Que humor negro, viejo. Pero poniéndote a pensar, y si estoy muerto de a de veras. El mozo, pétreo, entre pálido y transilvanesco, murmuró, apenas para sus adentros, Con las cosas que pasan este país, no me extraña nada, que se quiera hacer el muerto para no pagarme un cortado de mierda. Hijo de puta. 

IV 

Nunca en su vida hubo tanto tráfico en las calles, y los semáforos se conjugaron para hacerle perder tiempo. Tenía la luz apagada, pero igual una vieja del orto se le subió de prepo. La tuvo que llevar a la otra punta de la ciudad. Ahí sí, no le tocó un solo semáforo rojo, y no tuvo problemas de tráfico. Cuando volvía, se repitió la escena. Autos por doquier, congestionamiento. En una brecha que le dieron un seiscientos y un audi, se metió en un garaje, y aprovechó para llamar a su casa desde un telecentro. Estaba nervioso y volanteaba como un loco. Encima, en la casa no atendían. La que lo tiró con estos boludos del culo.
            Releyó el diario en lo de Tony, el canillita de las farras de pibe. “Sus restos serán velados…” me rajo para allá. Te enteraste, Tony, dicen que estoy muerto y me están velando. Vamos, Rúben, cuánto hace que se veía venir este desenlace. Pero andate a la… 

V 

No podía sacar el taxi del garaje del congestionamiento que había. Me voy a pie. Se encendió el primer faso de la mañana. Lo había dejado, pero el mal momento ameritaba encender aunque sea uno. A las cinco cuadras, ya se había bajado medio atado. Estos guachos me quieren matar… Y si es eso? Claaaaaro. Que pedazo de hijos de puuuuuuta. Me quieren dar un infarto para quedarse con lo que tengo, y la trola de Olga encamarse con el negro Juárez. Si se creerán que no estoy viendo esas miraditas de melocotón, de tortolitos, ¡Qué se habrán pensado! En un momento, pasó del enojo a la ira, y de la iracundia, a las primeras lágrimas. Cómo me pueden hacer esto a mí, justo a mí, qué tanto los quiero, pucha, che. Snif. Y, bueno, snif, si así lo desean, si para ser felices me necesitan fiambre, será cuestión de darles el gusto, y me muero. Pero si me morí, de que me habré muerto. Y se quedó pensando, en la esquina donde se terminaba el último faso del primer atado de aquel ajetreado día.

(continuará….)

Consul Cultural

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Published in: on 6 diciembre 2007 at 3:36 pm  Comments (4)  

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4 comentariosDeja un comentario

  1. Puliqué una foto tuya tenisiando en Diamante, este invierno. Jajaja.
    Un abrazo. Me olvidé anoche de pasarte la cremita para los granitos. Espero que no te hayan aparecido nuevos barritos.
    Un abrazolongo.

  2. El primer vulgar de esta entrega me recuerda a mi Madre, que siempre lee el periódico de atrás para adelante, ¿será por eso que esta hija le salió al revés?

    Abrazos.

  3. Doña Cata, usted no le salio al reves, es que estamos todos dados vuelta…

  4. […] ¡Soy el hombre más feliz del mundo! Qué loco dijo el tachero que pasaba enfrente, llamado Rubén, a punto de levantar a un supuesto pasajero, que por veinte pesos, le terminaría pegando un balazo […]


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