Cuentos Vulgares III

(Continuación, de Rubén era uno de esos…

VI 

Estoy muerto, pero no recuerdo de qué. Ahora bien, soy un espectro, un fantasma, un espíritu. Un alma en pena, acaso, que no encontró la luz. O no la vi venir. O no me la merezco. Algo habré hecho, que Dios me vedó el ingresó. Pero… Existe Dios? Y si no existe? Si soy fantasma, puedo pasar por las paredes y entrar a las casas sin abrir las puertas? Puedo espiar a las parejas haciéndolo? Puedo meterme a la cancha y soplar la bocha cuando está por entrar al ángulo y la gente se agarre los pantalones echándole la culpa a un ventarrón ilegítimo? No faltará el que pida penal, pensó. Penal de quién, boludo, preguntaría alguno. De la concha de tu hermana, pelotudo de mierda, hijo de re mil putas y la recalcada concha de tu madre, la puta que te parió: A las trompadas, sería el gran remate. “Tendría que haber sido dramaturgo”, sonrió en su tristeza de muerto.
            Estaba llegando a la Sala Mortuoria. Cansado, sintió un dolor en el pecho. Se sentó en el bar de la vuelta. Pidió un té. Estaba agitado. Se siente bien, le preguntó la moza de buen budín, como casi todas las mozas simpáticas de la ciudad. Estoy muerto, piba, estoy muerto. Y se llevó las manos a la cara para sollozar. Bueno, pero se va a recuperar, señor, no se ponga mal. Le dio un ataque de risa. Pero, nena, dijo entre lágrimas dulces, cómo me voy a recuperar de la muerte. Explícame, vos. 

VII 

Lo tranquilizaron los parroquianos mientras les contaba la historia. Digna de un libro de Borges, dijo alguno. Me suena más a Arlt. Cortázar, dijo otro. Doliiiina, haciendo el gesto de Pepitito Marrone se oyó decir. De Cacho Buenaventura, remató don Zoilo, un santiagueño del cual se solía decir que no se sabía ninguna. ¿¿De Ca-cho-Bue-Na-Ven-Tu-Ra?? De Cacho Buenaventura, sentenció, No deja de tener su lado cómico barrial. Si es barrial, Dolina, don Zoilo. Repito con Cacho Buenaventura. Y, si lo dice don Zoilo, debe no ser. ¿Y qué se siente estar muerto? Ha probado dejarse atropellar por un colectivo pasando el semáforo entre rojo y amarillo. Total, no se muere dos veces. No lo pensé todavía. ¿Le aburre la eternidad? Yyyyy, por ahora tiene su ritmo vertiginoso. No te sabría decir. ¿Existe Dios? No lo vi, ni me lo crucé, me parece ciertamente que estamos en presencia de la falacia más grande de la historia de la humanidad. Aaaaaaah, la mierda con la filosofía que se mandó. Se hizo un silencio sepulcral. Si no existía Dios, quién regía los destinos del mundo. ¿Y la mano de dios? Yo creo que lo que más les preocupaba a todos allí, era que se desmitificaba el gol de Diego hasta convertirla en una trampa normal, humana y argentina.
            Estaban molidos en el bar de la vuelta del sepelio de Rubén.  

VIII 

Las miradas gachas con la que se retiraban del bar cundían el desánimo hasta en la hoja del árbol más próximo a la puerta. Rubén, como despreocupado con ese remate filosófico con el cual había sacado chapa de grande, y patente de “desesperanzador social”, seguía metido en sus ideas, y bebía a sorbos breves el té servido con anterioridad. Fumaba ya, el quinto cigarro del segundo atado. Si sigue fumando así, nos va a terminar matando a nosotros, le dijo el dueño del local. Se encogió de hombros, “desimportado” del que dirán. Su vida no pasaba delante de sus ojos como un flash, como un relámpago. No, no. Venía bien fotografiada, detalle tras detalle sin descuidar. La primera paja, el primer día en la escuela, la muerte del viejo cuando él no terminaba de “adolescer”. Olga. La linda Olga aquella noche en el recital de Baglietto donde se presentó un joven llamado Páez. El nacimiento de los hijos. Y una especie de túnel raro que le revolvía una y otra vez la cabeza pero no podría darse cuenta qué. Será el modo cómo morí del cual no me puedo acordar. ¿Y cómo me habré muerto? Si sigue así, fumando, le dijo la moza. Se dio cuenta que estaba pensando en voz alta.  

IX 

Dejó la mesa y el bar sin pagar. Va por la casa, buen muerto. No es la política de la casa, cobrarle a los finados, le estrechó la mano el dueño del bar. Le preocupaba verla a la Olga y tener que explicarle que tenía una amante, y llamada Gertrudis. Podía tener su amante, pero entendía que el nombre Gertrudis era doblemente doloroso. No sabría explicárselos, pero era una sensación plausible de entendimiento. Pensó una vez, y solo una vez, en meterle el ciervo a la Olga con la profesora de inglés de los chicos… No se pudo dar porque los chicos no estudiaban inglés. ¡Fíjense que fiel era este marido ejemplar!
            Pero pensaba en Gertrudis, en cómo era, que lo había atraído de ella para dejar de lado esa causa noble hacia su Olga, y romper la promesa efectuada frente al altar, de un Dios hoy inexistente, pero que no quitaba lo ceremonial que significa amar a alguien invocando la presencia de un Ser netamente superior como garante de ese amor genuino y mortal. Dos cosas le vinieron a la mente, rápidamente. Uno, si Dios no existe como comprobó, era necesario “inventarlo”, como supo decir un pensador del pasado. Dos, ahora que estaba muerto, el mismo juramento de casamiento caducaba, y tanto la Olga como él, estaban liberados para encontrarse con un amor distinto. Pero aun entonces, no podía dejar de pensarla en esa hermosa desnudez virginal de su mujer en la primera vez que hicieron el amor juntos. No, muerto y todo, la seguía amando, y volvió a llorar, ahora ya, de felicidad.

X 

Deambulaba en su limbo, ido del mismo mundo terrenal por el cual caminaba hacia su sepelio. Recordó fugazmente a sus amigos de la infancia, de la escuela, del barrio. El “honrado” Salvador Capataz; el “desnutrido” Infancio Daniele; el “guapo” Pereira; el “salteño” Santiago del Estero; el “colorado” San Miguel. Los dejó de ver cuando empezó a salir con Olga. Cuántos hombres dejan sus amistades primarias por la mujer que terminarán amando el resto de sus días. ¿Cuántas cosas he dejado por Olga?, se preguntaba en esos caminares de muerto a pie.
            Cuando Alfonsín pegó la presidencia y se creía en los valores básicos de la Democracia, no dudó en afiliarse al partido, a despecho de su madre, vieja peruca. No te digo militaba, pero no faltaba a los actos y a las votaciones internas y generales. Cuando nació el primer crío y empezaba a entender la política, dejó todo. Por eso cuando algún joven militante le interrumpía el descanso de las tardecitas para prometerle del mejorar de los lineamientos internos del partido, les agradecía la deferencia de visitarlo, pero les solicitaba amablemente que se rajaran. Después de De la Rúa, ya no lo visitó más nadie.
            No había dejado los encuentros en el bar, más que nada por la clandestinidad de los mismos, y porque eran parte del descanso cotidiano tras horas manejando. Pero tampoco Olga le andaba exigiendo más de la cuenta.
            En fin, en todo esto pensaba el finado cuando ingresaba a la sala funeraria donde lo estaban velando… 

XI 

Su nombre brillaba en la pizarra junto al de un famoso comentarista deportivo muerto el mismo día suyo. Empezó a tatarear un tema cantado por Goyeneche. ¡Cómo le gustaba el Polaco! ¡Y como le calentaba la Varela! Subió la escalera peldaño por peldaño, Entristecido como sabiendo que ya no habrá escaleras que subir. Arrastraba los pies más que caminaba. Los talones del zapato se le enganchaban en el pliego mal cocido del pantalón. Estaba algo desaliñado, Transpiraba, ya, un olor nauseabundo. Cuando se secó la frente el sudor era más bien sangre. Recordó a su nietito, al cual no pudo enseñarle a decir Central, y encima cuando se lo mencionaba, el nenito le hacía el ruido de un pedo. ¡Enano choto, le vi’a dar una, le vi’a dar! Leyó la puerta donde lo estaban esperando. Alcanzó a escuchar, Este loco no vino todavía, Podés creer. Sacó pecho, tomó aire, y entró. No terminaba de hacerlo, cansino y desanimado, cuando la Olga le espetó: Pero Rubén, llegar tarde justo hoy. Y que querés, vieja, le dijo entre lágrimas, Decime vos quien quiere llegar temprano a su propio velorio. Le dio un beso en la frente, saludó a los presentes con ademanes, llegó al jonca, rezó en silencio, y como quien se mete a la cama entre las cobijas se acurrucó en el ataúd. Cuando ya se le apagaba la vista, lo que más le dolía entonces, no era la muerte misma, sino que descansaría en paz, sin saber, todavía, de que carajo muerto se había.  

XII 

Cuando sus ojos se cerraron, Olga y los chicos se abalanzaron sobre el cajón, y empezaron a llorar.  

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Published in: on 7 diciembre 2007 at 2:24 pm  Comments (1)  

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  1. Nice respond in return of this matter with solid arguments and telling everything on the topic of that.


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