MENDOZA

Luzuriaga lo miró como quien mira a un padre, y San Martín, el mandatario del Cuyo, lo palmeó en el hombro, sonriente y contento; Se sorprendió, el hijo, Sabía que la renuncia de Posadas y su suplantación por Alvear no le hizo ninguna gracia al Coronel. Algo le andaba ocurriendo al Coronel, y él no entendía.

Me quieren pasar para el cuarto, pensó en su argentinismo vulgar San Martín, pero no le se las voy a dejar llevar de arriba

 

El Gobernador Cuyano estaba llevando adelante una acción de gobierno reformista en lo impositivo, progresista en lo cultural y ordenado en lo financiero. El déspota ilustrado se parecía más a Artigas y a Güemes que a las eminencias de Buenos Aires cuando mandaba; No se sentía cómodo gobernando ni con los menesteres de la política pero finalmente llegó a la conclusión de su vida: Hacés las cosas que querés o debés; o no las hace nadie: Serás lo que debas ser, o no serás nada. Extendiose su prestigio por la comunidad cuyana y pronto se le empezó a mencionar como al líder del país contra el Puerto, aliado con Artigas y Güemes. Pero a San Martín no le desvelaba dirigir la Nación, sino liberarla y constituirla; Para eso necesita medios y recursos, un Ejército subordinado a sus órdenes y una sociedad movilizada en su realización libertadora. El orden antes de la anarquía y un mandatario vertical que se imponga a los regionalismos. Tenía a un exilado porteño en San Luis con el que había hecho buenas migas, a quien veía con prestigio en Buenos Aires para llevarlo a la Jefatura Nacional: Juan Martín del Pueyrredón, a quien supo derrocar en octubre del ’12, por aliado de Rivadavia. Estaba convencido de poner a Güemes y a Artigas de su lado, y haciendo pie en Mendoza, extender su sombra por el sur del continente. Tenía dos impedimentos con los cuáles no podía congeniar: José Rondeau, comandante en jefe del Ejército del Norte, un pésimo militar dispuesto a emprender campaña al Alto Perú, cuando él quería utilizar esas tropas para auxiliar a los patriotas de Chile, y Carlos Alvear, mandando en Buenos Aires:

– Alvear está llevando adelante una dictadura impopular a sangre y fuego. Su final está pronto. Tenemos que apurar su salida del mando, para que deje de hacer tanto daño, deje de dar tanta muerte, y deje el Estado en las mejores condiciones posibles.

            Luzuriaga, con miedo, consultó:

– El tendremos que apurar implica… apurar, digamos

No – dijo terminante San Martín – He comprendido que las labores de un soldado no son las de andar derrocando gobiernos civiles, por más malos que sean. El ejército es un león al que hay que mantener enjaulado hasta un minuto antes de dar la batalla; Haremos otra cosa, Luzuriaga, verá usted que bien nos sale.

 

Alvear se relamía en su asiento como un chico con dulce. San Martín había renunciado al mando:

– El tonto de José siempre reacio a la política y al poder; Lo reemplazaré con Perdriel, y el hijo de la inda se irá a las misiones a plantar la yerba. Me pide retirarse a la “villa del Rosario” y lo haré seguir de largo por el Paraná. Ja,

            Cuando Alvear decía el “hijo de la india” quería decir hijo de puta, supuso Monteagudo, cansado de los caprichos y desvaríos del Dictador de Estado que nos quería de colonias del Rey Inglés.

 

Perdriel, el cordobés ambicioso, quiso tomar el mando de Cuyo pero la población mendocina se lo impidió solicitando la “vuelta de San Martín”: Se movilizaron contingentes para evitar que ingresa a Mendoza, y lo amenazaron con gestos adustos para que se pegara la vuelta; San Martín reasumió entre vítores, dando un discurso para la ocasión. Había empezado a darse cuenta de las ventajas de gestos demagogos para el gentío. Renunciar sabiendo que le van a rogar que decline su idea, será una de sus mejores herramientas para conseguir lo que quisiera

 

Ignacio Álvarez Thomas, sobrino político de Belgrano, convocó a un Congreso General Constituyente tras consultar con San Martín, Güemes, Artigas y Rondeau, los jefes efectivos del país. Álvarez Thomas, con sus 27 años, tras derrocar a Alvear (de 24 años) había dado en la tecla de lo que se necesitaba: Dar el golpe al ‘malogrado Napoleón del Plata’ (por Alvear) y unir fuerzas para declara la INDEPENDENCIA de una buena vez.

 

San Martín, tomaba del vino cuyano que adoraba, con su famosa sonrisa sorna, y, Remedios, no lo entendió. Cuando ella se sacaba la enagua para irse a dormir, él la tomó por detrás besándole el cuello con dulzura de buen amante. Ella no entendió. Él le empezó a deslizar su mano por su cuerpo, desde su rostro pasando por sus pechos, su ombligo hasta llegar al clítoris, al cual acarició con más fiereza. Ella gimió y él le preguntó si le gustaba su dedo acariciándola. Ella seguía gimiendo, y él la tomó de las nalgas y la arrojó a la cama. La hizo gemir, de tal forma, que ella olvidó, un instante, del granadero que la cortejaba. Con un mordisco en el cuello, San Martín le demostró que la quería a pesar de todo;

 

Perdriel, de regreso a Buenos Aires, seguía pensando en lo mismo. En la cantidad de granaderos disfrazados con ponchos y chiripas, haciéndose pasar por ‘gentes’, vitoreando a San Martín, arengando a la chusma y a la gente como uno, y mostrándole los puños descaradamente. Odiaba a ese castizo que se las daba con ínfulas de Libertador, con todas sus fuerzas. Nunca le perdonaría la “opereta” montada para convertir a un déspota en un Gobernador Popular

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Published in: on 17 diciembre 2008 at 1:45 pm  Dejar un comentario  
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