EL y ELLA

 

En esta nueva categoría iniciada con el propósito de mejorar las ventas de la página, los dejamos con algo de lo bueno:

El escritor metía teclas en la máquina de escribir, La musa inspiradora de sus sueños más recónditos le abrazaba el cuello y él le pedía que le dejara de molestar. Pero era toda una estratagema de él para dejarse seducir. Ella vestía una de sus remeras de club de fútbol y le araña la espalda con dulzura. él bebió de ese whisky del que bebía cuando borracho y fracasado. Ahora le agregaba enamorado a sus dotes inalterables de vida. El romántico byroniano seguía siendo el que fue. Y ella soñaba con transformarlo. Y él, transformar, no quería, pero sí quería que lo trastornaran.

Le besó la planta de los pies, y él la miró como quien mira a una esclava sensual con la cual puede hacerle lo que quisiera. Ella quería que él la tomara pero le espiaba sus escritos. Ay, se dijo, como me gusta verlo escribir esos sones sin tin ni bye, donde esconde sus secretos íntimos, donde simula que me ama, que me lo hace y me deja, él apenas podía teclear, pero ella le insinuaba cosas al oído que no quería oír. Amor, pesar, dolor, no eran palabras gratas pero oírlas, le hacía tan bien. Y ella repiqueteaba en su tímpano palabras lujuriosas que había aprendido en otras camas y con otros hombres. El, apenas putas tenía que contar, y alguna aventura fugaz donde siempre le tocaba perder y rajar con el pantalón bajo, la remera al hombro y las zapatillas extraviadas.

besarla

Ella le posaba sus mejillas en sus barbas, y él se sentía atorado de alguien así. Al librarse la besó, y ella llevó su mano por su cuerpo, hasta la ingle, donde le gustaba ser de turista permanente. él jugó con su tanguita y el fino hueco de su trasero bello de pieles de bebé. La besó, y dejó de escribir. La tomó de la cintura, de sus cabellos, de donde hubiera para asir. La levantó y ella se enganchó con sus piernitas por su cuerpito de viejo gastado y desusado.

La subió, como pudo, a su cama de cucheta, donde su hermano había abandonado el hogar hacía tiempo. Ella arrojó la camiseta del club lejos de sí. él le besó los senos, fue a su ombligo, mordió su bombachita rosa de corazón por delante. Ella paseó su palma por su cola de hombres fuertes como siempre le gustó. Le vio sin ropa interior, y se le ocurrió ingresar su índice por el lado donde no ingresa el sol. Y a él le gustó. Le mordía los cabellos, la barba, la nariz. él le besaba esa boca morada de muerta en vida, que quería más y más.

Y la volvió a besar.

x detras

Le bajó la bombachita rosa de corazón por delante sin dulzura. Estaba harto de hacer el papel de romántico cuando era un bruto, un macho cabrío, un golpeador de mujeres a las cuáles juzgaba desde su impotencia e incomprensión. Ella algo le dijo y lo desató. Le mordió la orejita, su cuellito, sintió el aroma de su vaginita, y él perdió la compostura. Ese aroma era el perfume de sus desvelos, de sus deseos íntimos, de su fortaleza para escribir y cambiar al mundo. Conquistarlo, se dijo para sí.

Ella tomó su órgano viril y se lo refregó en sus partes pudientes para gemir como a él le gustaba oír. Ella lo dominaba en la cama aunque lo tuviera encima.  él le acariciaba su orificio de salida, y le pedía que le dijera que él fue y es y será su mejor amante. Su inseguridad se manifestaba cuando los demás hombres de la calle deseaban a su mujer, y eso le volvía el deseo al cuerpo. Se recordó en el transporte público, cuando se hicieron mutuamente sexo oral, en la terraza de algún departamento, en la carpa prestada de un camping que jamás llegó a conocer.

El moría de placer cuando entraba en ella, y su hombría extasiaba cuando la ve a ella agonizar de gritos al sentirlo dentro suyo. Iban y venían como un tren cansino que empieza a arrancar para llegar a destino. Ese destino fiel y esquivo que todos buscan. Ella hacía con su vagina círculos a su pene erecto y eyaculante. Le pidió aguantar. El la retiró de lugar, y le metió unos deditos, mientras le acariciaba sus pequeños senos de mujer asquerosamente puta. “Putita”, le dijo, y ella gimió, “dale, papito, ponla donde sabes”.

En esa guerra de placeres por ver quien culminaba mejor y antes quel otro, esa cama se movía como una trinchera de primera guerra mundial. Las explosiones retumbaban en casas vecinas, en barrios linderos, El amor entre ellos era una guerra donde él quería seguir siendo perdedor nato, borracho constante, y escritor por antonomasia. Ella, ella solo quería ser su amante y su mujer; su cordura y su locura; la sobadora de cilindradas posturas erectas que la dejaran de cama y sin poder, ya, nada decir.

extasiada de placer

El volvió a escribir;

Ella, hizo las compras y le dio de comer;

Tras el café, comenzaron otra vez;

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Published in: on 4 enero 2009 at 6:59 pm  Comments (2)  
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2 comentariosDeja un comentario

  1. Hola.

    Ahora visito la nueva página.

    Saludos
    PLPLE

  2. Totalmente inspirador… Muy grato leer la mesura de un escrito normal pasando después a la vulgaridad del pensamiento…

    Un saludo, seguiré su curso por este blog.


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