Borges, anécdotas del maestro

Imagen: Veintitres
Mario Paoletti reunió por primera vez 333 historias auténticas protagonizadas por el autor de El Aleph. Su familia, sus mujeres, amistades y colegas.
Farsante. Cuando estuve en Madrid alguien me preguntó si yo había visto el aleph. Me quedé atónito. Mi interlocutor –que no sería una persona muy sutil– me dijo: “Pero cómo, si usted nos da la calle y el número”. “Bueno, dije yo, qué cosa hay más fácil que nombrar una calle e indicar un número”. Entonces me miró, y me dijo: “Ah, de modo que usted no lo ha visto”. Y me despreció inmediatamente; se dio cuenta de que yo era un embustero, un mero literato.
(Contado por Borges a Osvaldo Ferrari)

Prematura. Primero en diarios franceses y luego en el New York Times, se publicó la noticia de que Borges había muerto. Eso causó un cierto revuelo. Apenas pude me puse en contacto con él y le expresé mi desagrado por la noticia apócrifa de su muerte. “Apócrifa no –me corrigió él–; sólo prematura”.

(Contado por Ulyses Petit de Murat)

Estupidez. Alicia Jurado: –Usted, Borges, siempre se ha enamorado de mujeres un poco tontas.

Borges: –Es que la inteligencia es siempre comprensible, pero en la estupidez hay un misterio que resulta atrayente.

Santo remedio. Cuando íbamos al Jardín Zoológico, era difícil sacarlo de ahí. Y yo, tan diminuta, tenía miedo de que él, que era grande y fuerte, se encolerizara y me pegara… Cuando se empecinaba y no quería ceder, le quitaba los libros. Santo remedio.

(Contado por su madre)

Dinero. “¿Por qué le importa tanto ganar el Premio Nobel, Borges? De todos los que escriben en español, usted es el único que será leído dentro de cien años. Ya tiene asegurada la inmortalidad”. Borges prefirió la digresión: “Soy, más bien, uno de los inmortales de Swift”. Insistí: “Pero si además a usted no le interesa el dinero”. Me miró con esos ojos suyos y dijo: “En cuanto al dinero, no crea, ayuda”, y prorrumpió en una carcajada de sus grandes dientes postizos.

(Contado por Guillermo Cabrera Infante)

Parné (I). En los años sesenta, Borges cobraba una o dos de cada diez conferencias, porque se daba por satisfecho con poder hablar de sus escritores y temas favoritos. Silvina Bullrich, con toda dulzura, le reprochó no cobrar las conferencias y favorecer con ello “la explotación de los intelectuales”. Borges se disculpó diciendo que le gustaba hablar; entonces Silvina le dijo: “Ay, Georgie, te comportás como las putas que cuando se enamoran trabajan gratis”. Riéndose a carcajadas, él festejó el reproche y le aseguró que no iba a volver a pasar. Desde entonces, al terminar una conferencia o un diálogo solía preguntar, susurrando: “¿No hay noticias del parné?” O si no: “¿Qué se sabe sobre la pasta?”. Pero si la pasta o el parné no aparecían, se limitaba a decir: “¡Caramba!”.

(Contado por María Esther Vázquez)

*La nota completa, en la edición impresa de Veintitrés

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