GALASSO: Sobre la Rev de Mayo

La otra historia.

La interpretación más veraz y fundamentada es otra, pero afecta a la historia  mitrista y por eso ha sido rechazada durante tanto tiempo, en tanto esa historia  mitrista ayudó a justificar nuestra condición de país dependiente, apéndice del Imperio.

La revolución no es antihispánica, ni probritánica, ni liderada por la aristocracia, ni para el comercio libre. Es un movimiento  democrático (reemplaza al virrey, representante del absolutismo, por una Junta Popular) estableciendo que la soberanía reside  en el pueblo, para arrasar  con la Inquisición, los instrumentos de tortura, los escudos nobiliarios, la opresión ideológica y política. Sus banderas son las de la revolución española iniciada en mayo de 1808, las mismas que se enarbolan en toda Hispanoamérica entre 1809 y 1811. Sus reivindicaciones concretas son aprobadas por  la Asamblea del año XIII, que se corresponden con la constitución española dictada en Cádiz en 1812  y que, por otra parte, son idénticas a las sancionadas por San  Martín como Protector del Perú. A su vez, ellas están inspiradas  por las ideas revolucionarias que recorren el mundo en ese momento,  que no corresponden a revoluciones anticolonialistas sino a los principios de “libertad, igualdad y fraternidad” del 14 de julio de  1789, es decir,  los derechos del hombre y del ciudadano exaltados  por la revolución Francesa, después retomados por el pueblo español y el pueblo hispanoamericano, aquello que San Martín denominaba “el evangelio de los Derechos del  Hombre”. Por eso, la revolución  se da  en Buenos Aires  al mismo tiempo que en el resto de América Latina, con diferencia de meses. Por eso, nosotros no inventamos las Juntas, sino que las tomamos de lo ocurrido en la península, como la  Junta central de Sevilla y lo hicimos al grito de “Juntas como en España”. Por la misma razón, los liberales revolucionarios de España declararon que estas tierras de América no eran colonias sino provincias ( 5 ) y  convocaban a  remplazar democráticamente a los virreyes por  Juntas populares,  así como convocaban a enviar representantes a la convención de Cádiz, de donde saldría  la constitución democrática española,  a semejanza de la francesa.(6)

Alberdi lo expresó de manera contundente: “La Revolución de Mayo es un detalle de la revolución de América, como ésta es un detalle de la España, como ésta es un detalle de la revolución francesa y europea” ( 7  ).

¿Qué duda puede caber de que  Moreno, Castelli y Belgrano, las figuras claves de Mayo, formaron su pensamiento político leyendo, no a autores anticolonialistas, sino a los filósofos y ensayistas franceses y españoles definidos por el liberalismo revolucionario, por entonces, en pleno triunfo sobre las tesis oscurantistas y monárquicas del viejo mundo que desaparecía?

Esto se ratifica cuando  en la Asamblea del  Año XIII predomina el criterio de no declarar la independencia, que algunos dirigentes empezaban a proponer, dado que la revolución española corría graves peligros de sucumbir.

Asimismo, San  Martín lo sostuvo en su campaña: “La revolución de España (se refiere al levantamiento de Riego en  1820, así como al de mayo de 1808) es de la misma naturaleza que la nuestra: ambas tienen la libertad  por objeto y la opresión por causa” ( 8  )

Poco tiempo antes, “el inmortal Riego, mártir y héroe, reivindicado después por el gobierno de su patria, sublevó el ejército (destinado a Buenos Aires) en las Cabezas de San Juan, el primero de enero de 1820, proclamando la Constitución y dijo textualmente: “No marcharemos a combatir a nuestros hermanos de causa” ( 9 )

San Martín lo ratificó, además, en declaraciones a Basilio Hall: “Nuestra lucha no era una lucha de conquista y gloria, sino enteramente de opinión, guerra de principios modernos y liberales contra los prejuicios, el fanatismo y la tiranía” ( 10). Es decir, contra el absolutismo, con sus monarcas por derecho divino, el autoritarismo político e ideológico,  el poder omnímodo de la Inquisición. Contra eso se levantó el pueblo español el 2 de mayo de  1808 y también el pueblo hispanoamericano, poco después.

Si la revolución española triunfaba –pensaba la mayoría de los revolucionarios criollos- quizás no fuera necesario separarse de España, ni del resto de América Latina embarcada en el mismo proceso democrático. Si, en cambio,  la revolución fracasaba en España, como fracasó en  1814 –anulando la constitución democrática de 1812, restableciendo la Inquisición, encarcelando y persiguiendo a los partidarios de la democracia, etc. -, la única manera de defender la  revolución popular  era independizarse. Por esta razón, a partir de  1814 se plantea la urgencia de la independencia,  como surge claramente de la correspondencia San Martín-Godoy Cruz,  que finalmente, se declara en julio de 1816.

La Historia había realizado una pirueta paradojal: en España, el pueblo se había levantado contra el invasor francés, en 1808, de manera que inicialmente su Revolución fue Nacional, pero en esa lucha arremetió contra el declinante absolutismo apropiándose del gobierno a través de Juntas Populares, con lo cual transformó a la Revolución de Nacional en Democrática. Inversamente, en América, el pueblo se levantó acompañando el proceso de la Revolución Democrática española, pero cuando el absolutismo volvió a apoderarse del trono, en 1814, estas juntas hispanoamericanas, para resguardar los derechos  democráticos conseguidos, debieron independizarse por lo cual convirtieron esa  Revolución Democrática en  Nacional. Lo que va de  1810 a  1816 es un período en el cual los pueblos –de la península y de América- pasan de la confianza depositada en Fernando VII como “renovador” o “modernizador”,  a la frustración, en  1814, cuando para volver al trono, sostenido en la Santa Alianza, él  traiciona y se convierte en el más decidido de los absolutistas.

La  tesis de Alberdi también la sostuvieron, entre otros,   Manuel Ugarte, Enrique del Valle  Iberlucea y  José  León Suárez. Manuel Ugarte lo expone el 25 de mayo de 1910, en Barcelona, en su conferencia “Causas y consecuencias de la revolución americana”. Allí sostiene: “Ninguna fuerza puede ir contra sí misma, ningún hombre logra insurreccionarse completamente contra su mentalidad y sus atavismos, ningún grupo consigue renunciar de pronto a su personalidad para improvisarse otra nueva. Españoles fueron los habitantes de los primeros virreinatos y españoles siguieron siendo los que se lanzaron a la revuelta (en  1810). Si al calor de la lucha surgieron nuevos proyectos, si las quejas se transformaron en intimaciones, si el movimiento cobró un empuje definitivo y radical fue a causa de la inflexibilidad de la Metrópoli. Pero en ningún caso se puede decir que América se  emancipó de España. Se emancipó del estancamiento y de las ideas retrógradas que impedían el libre desarrollo de su vitalidad… ¿Cómo iban a atacar a España los mismos que en beneficio de España habían defendido, algunos años antes, las colonias contra la invasión inglesa? ¿Cómo iban a atacar a España los que, al arrojar del Río de la  Plata a los doce mil hombres del general Whitelocke, habían firmado con su sangre el compromiso de mantener la lengua, las costumbres y la civilización de sus antepasados?…Si el movimiento de protesta contra los virreyes cobró tan colosal empuje fue porque la mayoría de los americanos ansiaba obtener las  libertades económicas, políticas, religiosas y sociales que un gobierno profundamente conservador negaba a todos, no sólo a las colonias, sino a la misma España…No nos levantamos contra España, sino en favor de ella y contra el grupo retardatario que en uno y en otro hemisferio nos impedía vivir”( 11  )

Entre  1912 y 1917, Enrique  Del Valle Iberlucea  ( “Las cortes de Cádiz. La democracia en América”, edit. Martín García, Bs .As. 1912) y José  León Suárez (“Carácter de la revolución americana”, Librería La Facultad, Bs. As., 1917) ahondaron en este tema, analizando en especial la confraternidad entre liberales españoles e hispanoamericanos, así como la participación de diputados, en representación de las provincias americanas,  en las Cortes de Cádiz.

Suárez insiste en que “los españoles de Europa y los de América quisieron, a un mismo tiempo, derechos y libertades” y explica que la frustración de la revolución  española conduce a los americanos a declarar su independencia. “La independencia americana, idea grandiosa, no fue un fin, sino un medio para asegurar los beneficios de la libertad a estos pueblos que no la conocían, ni jamás la habían gustado” ( 12  ).

Suárez  refiere que la interpretación de la Revolución de Mayo teñida de antiespañolismo es producto de la influencia de ensayistas liberales  y estima que se inicia aproximadamente  entre 1862 y 1865, sin advertir probablemente que es la época de la inversión británica en ferrocarriles y de la instalación del Banco de  Londres y América del Sur en Buenos Aires, producto de la política cariñosa hacia el Imperio desarrollada por  Mitre. Las reflexiones de Suárez nos dan elementos para comprender de qué modo al asentarse el capital británico en la Argentina (y otros países de América) conjuntamente se implantaron las  ideas que legitimaban esa  dominación que venía a ejercer, tergiversando así el nacimiento de nuestra patria, es decir, de qué manera las necesidades políticas de la oligarquía mitrista, al asociarse a los ingleses,  hicieron prevalecer la versión probritánica del 25 de mayo.

“Es tiempo –sostiene Suárez- de  abjurar del error propagado durante medio siglo por el libro “Evangelio Americano”, de Francisco Bilbao que sintetizaba en la palabra ‘desespañolizarse’ la verdadera fórmula del progreso americano. Bilbao planteaba así su punto de vista: “La España conquistó la América. Los ingleses colonizaron el  Norte. Con la España vino el catolicismo, la monarquía, la feudalidad, la inquisición, el aislamiento, el silencio, la depravación y el genio de la intolerancia exterminadora, la sociabilidad de la obediencia ciega. Con los ingleses vino la corriente liberal de la reforma, la ley del individualismo soberano, pensador y trabajador con completa libertad. ¿Cuál ha sido el resultado?. Al Norte, los Estados Unidos, la primera de las naciones antiguas y modernas. Al Sur, los Estados des-unidos, cuyo progreso consiste en desespañolizarse”.( 13 ) Suárez agrega que, según Bilbao,  “la España por su clima es ardiente y esto hace predominar en el carácter nacional, la pasión .La raza española es inferior en inteligencia a las razas europeas o si se quiere, su superstición ha hecho que lo sea. La forma de su frente revela más bien la fortaleza de la tenacidad que la habitación de la inteligencia. El español es dado a la sensación, a la pasión, a la imaginación, no a la razón. No cuenta un solo gran nombre en filosofía, en la gran poesía, en la política, en las ciencias. La humanidad no le debe un sistema, a no ser el de Ignacio de Loyola…” ( 14 ).  Desde este enfoque , Bilbao afirma:  “La España nos educó para la muerte y para la servidumbre. Conozcamos esa educación para rechazarla y entrar a la vida y a la libertad” ( 15 )

Como se comprende, este antiespañolismo  carece hoy de sustento: hubo la  España lóbrega y santurrona pero hubo también la España de Quevedo  y el siglo de  Oro, como habría luego la España de Franco, pero también la España de los mineros de Asturias;  hubo monarcas pero hubo también cabildos, sobre lo cual no es necesario profundizar porque como la lucha de clases no cesa, ni en España ni en América, ese antagonismo da a todos los países un doble perfil, según quien predomine en cada  momento. “Bilbao- aduce Suárez- estaba imbuido en las teorías de Edgart Quinet”, autor de “Ultramontanismo” quien contrapone a España, como expresión de atraso y barbarie, con el resto de la Europa, que es ‘moderna, del protestantismo, del genio”. Sostiene también que Lamenais – autor de “Los males de la Iglesia”, quien  también adjudica a los anglosajones la capacidad creadora de la cual carece España- fue otra fuente nutricia para Bilbao, lo mismo que el capítulo “La civilización en España”, perteneciente  a la “Historia de la civilización en Europa”, de Bucle ( 16 ). El libro de Bilbao –señala Suárez-  “ tuvo una enorme repercusión : se propagó  por toda la América y especialmente en nuestro país, en donde el terreno de malquerencia a España estaba preparado por las opiniones de la generalidad de los escritores, por la enseñanza que se daba en las escuelas y universidades y por las recientes polémicas de Sarmiento quien participaba, como Bilbao, del error de inculpar a España, no solamente de su atraso, sino de una especie de mala administración conciente y de haber ‘explotado y mantenido intencionalmente en el oscurantismo a estas pobres colonias de América’. El “Evangelio Americano’  fue durante muchos años libro de lectura en nuestros establecimientos de segunda enseñanza y en los grados superiores de la primaria. Con pociones  tóxicas semejantes, hemos deformado por el espacio de  casi un siglo la historia de nuestra raza y la lógica de nuestra existencia”(   17 ).  No se le escapa  a Suárez que en este asunto anduvo también la mano de Sarmiento: “En 1855, en “El Nacional”, Sarmiento sostenía la tesis que después formuló Bilbao, sobre ‘desespañolización’, diciendo que el atraso de las repúblicas de América era el resultado obligado de la ignorancia de la metrópoli y que siendo el idioma español una lengua muerta  para las ciencias, los  pueblos que hablaban castellano no podrían adelantar por falta de libros” ( 18 ). Para Sarmiento , “la civilización” estaba en Europa y “la barbarie” en América, pero España no estaba en esa Europa civilizada: “He estado en Europa  y en España”, dijo Domingo Faustino al volver de un viaje,  según recuerda  Suárez (19)

Del “Evangelio Americano” de Bilbao y de “la civilización y barbarie “ de Sarmiento, pasamos a Mitre quien en las primeras veinte páginas de su biografía de San Martín  no sólo se refiere al profundo “odio” a España, por parte de los revolucionarios de Mayo, sino que además señala que fue “más feliz la América del Norte” por haber sido colonizada por los ingleses ( 20 ) Arguye, entonces, que  “felizmente” ese “odio a España” y esa ansia de “civilización” llevó a la revolución,  en  1810, cuyo objetivo principal, fue el separatismo.  Ese antiespañolismo devenido en probritanismo constituye un importante instrumento para legitimar una Argentina semicolonial, sometida a la división internacional del trabajo, con su modelo agroexportador sustentado en las vías férreas y los Bancos  ingleses  como así también en el genocidio de la Guerra de la Triple Alianza sobre el Paraguay.

Un mayo democrático, popular, antiabsolutista, con “los chisperos” subiendo  las escaleras del Cabildo e imponiéndose a los cabildantes para instalar “una furiosa democracia”, como dirá luego un sacerdote y más aún, para desarrollar un “Plan de Operaciones” con expropiaciones a las grandes fortunas y severa represión contra los enemigos del gobierno popular, no resulta adecuado para organizar un país como economía complementaria de un Imperio, con sus  riquezas saqueadas  y creciente  deuda externa. En cambio, un Mayo favorable a la libre importación, realizado por los vecinos respetables de Buenos Aires,  protegido por Gran Bretaña y sometido al mito del “gentleman” progresista  y civilizador, constituye un imaginario favorable para construir “la granja de su Graciosa Majestad”

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Published in: on 6 mayo 2013 at 7:45 pm  Comments (1)  

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