LONDRES

Belgrano bebía, y se le antojaba beber de más. Ese clima le disgustaba, y las peroratas de los diputados en la Cámara de los Comunes no le parecían de su agrado. Las reuniones sociales a las cuáles lo arrastraban Rivadavia y Sarratea, menos. Había una especie de seducción sensual en el ambiente de esos conclaves… una especie histérica de mostrar sin dejarse tocar, y él, un macho cabrío, prefería la prostituta barata que todas las noches tocaba a su puerta y le preguntaba si esta noche el Señor estaba de ánimos para coger, así sin más, Y Belgrano cogía para olvidar penas propias y ajenas, y para recordarse Hombre, aunque el coraje de su hombría, prefería imponerlo en combate, a sangre y fuego.

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            La puta barata golpeó a su ventana, esa noche, y Belgrano la arrastró con dulzura hacia la cama. Besó su vello púbico, con encanto, haciendo delirar a la empleada sexual. Le mordió los dedos del pie, y la fue bañando con una esponja y agua caliente perfumada con salitres por él mezcladas. Ella deliraba de tener un amante tan buen cliente que le pagaba puntual y la hacía sentir una Diosa del Olimpo Griego. Belgrano le susurraba cochinadas en latín, y la puta deliraba. La puta le gritaba en inglés, Belgrano le pellizcaba el culo mientras jugaba con su vagina, respondiéndole en italiano, y la mujer deliraba. Freedom, decía ella, y él en su castellano sudaca, le decía, yo seré el Libertador de tu ignominia, mujer de baja estofa que mereces vivir mejor, y ella deliraba con ese Hombre que le hablaba en veinte idiomas y le chupaba la concha sin pedirle nada a cambio. Belgrano le apretaba los senos, y la tetilla, y el pezón. Se montaba encima de ella, la daba vuelta, y se lo hacía por detrás, tomándole con dulzura sus cabellos perfumados en jazmín. Ella se sentía mujer, diosa, liberada, se sentía más de lo que hubo sido. Belgrano, le pagaba con puntualidad, y después le pedía que le pase la lengua por su verga erecta para aliviarle la sífilis que lo empezaba a matar. Tantas putas del pasado me persiguen, que si me toque morir, que sea con una de ustedes, le decía él en latín. Y entonces empezaban otra vez. A veces el fiolo de la puta golpeaba con fuerza el ventanal de madera de la habitación, porque ella extra-militaba tiempos con el sudaca intelectual. Y él, le arrojaba las monedas para que la dejara un rato más.

 

 

Sarratea se sonreía de las aventuras nocturnas de su amigo. Le comentaba al pasar sobre el patriotismo británico, y Belgrano le miraba de sopetón, como sin entender. Es la cultura que debemos implantar en el Plata, Manuel, le decía entonces. Tienen carácter para afrontar dificultades y nada los atibia a la hora de concluir sus planes, Es la Patria y el Estado a imitar. Alvear y Rivadavia nos quieren de colonia británica, y eso no. Ellos nos quieren hindúes, africanos, canadienses, nosotros somos más que ellos, Tenemos que estrechar la mano que nos tienden y así podremos salir adelante de siglos de ignominia española. Pero Belgrano le miraba de sopetón, como buen español indiano, despreciando a la Inglaterra que pisaba.

            En un bodegón de mala muerte, Sarratea le invitaba el whisky escocés, y Belgrano hacía burlas sobra las faldas de esos pueblos del norte isleño. Un tercero, se sentó junto a ellos, solicitando de lo mismo que bebían ellos. Sarratea lo presentó, pero el tercero pidió guardar discreción. Así y todo, Sarratea se lo dijo, igual:

– Cabarrús, y Belgrano le saludó con un ademán.

            Belgrano oyó los planes de estos hombres, y quedó acomplejado. Querían raptar al hermano menor de FERNANDO VII, y hacerlo rey de Sudamérica con dineros puestos por la familia Bonaparte. Se fue muy contrariado a dormir, esperando la venida de la puta. Daba vueltas en la cama esperándola, soñando con la muerte que le rozó el cabello en Tucumán y en Salta, en las invasiones británicas del año 7, en la campaña al Paraguay, en los conspiradores del regimiento de Patricios en Diciembre del 11 que casi lo toman de rehén para extorsionar a Rivadavia. Transpiraba en el calor de la habitación, pero un estruendo venido de la calle lo despertó. Era como una bomba de cañón, de esas batallas que supo combatir. Salió a la calle, y vio al gentío celebrar como cuando él celebrara los días de Mayo del 10. Se dejó arrastrar por la marea humana que lo trasladó hasta las puertas del Castillo Real, desde donde el rey Jorge saludaba desde su estado insano. Al observar quemado un muñeco que hacía las veces de Napoleón, comprendió que la aventura de coronar al hermano de Fernando había culminado, y la gloria del pequeño gran corso, quedaría para la posteridad. Al lado suyo, como no queriendo ver, el poeta que había frecuentado en esas tertulias aristócratas que rechazaba con entusiasmo, le dirá:

– Ustedes los del Nuevo Mundo, están listos. Europa irá por ustedes, y los devastará. ¡¡Y yo que me había hecho con la idea que de verdad ustedes y Napoleón nos vencerían!!

            Apenas pudo verle su silueta partir, pero Belgrano reconoció en Lord Byron, al hombre que le había hablado así.

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