El Evangelio según Satanás, IX parte;

10- Tenía que ser una paloma,

             Disfrutaba del último de los chivitos asados cuando oí desorden en la tierra en que mando. Imaginen que están en la esquina de casa, y de pronto autos polarizados, grandotes de sacos y lentes negros, tocándose constantemente uno de sus oídos como si tuvieran auriculares, y llevándose los puños de la mano a la boca haciendo que hablan. Sí, guardaespaldas de algún presidente. Bueno, un vendaval de esos se instaló en el desierto, principalmente en el oasis donde Juan bautizaba. Terminé el chivo y me acerqué sigilosamente a ver que estaba pasando.

 Escondido tras unos pinares, intentaba descubrir el porqué de tanto alboroto. De repente, de la nada, dos figuras de blanco, ubicadas en un montecito de arena vigilaban la escena, cruzados de brazos y de gafas negras. Caminé hacia ellos,

– Disculpe, señor, pero no puede pasar… Pe… “Luchi”, querido – me saludó el arcángel Miguel mientras Gabriel seguía las alternancias en el laguito donde Juan continuaba bautizando.

– ¿Lo de Luchi, viene a ser apócope de Lucifer?

– Algo así. No podés pasar. En cualquier momento viene el Barba a saludar al pibe en su bautismo. Y no queremos tener que sacarte a los empujones,

– Bueno, miro desde acá. ¿Cómo andan las cosas en el Cielo?

– Bien, bien, más calmados desde que no estás,

– Que fiestas qué hacíamos conmigo allá arriba,

– Nunca concurríamos a tus fiestas, Satán,

– Es cierto, ustedes eran de los amargos que se quedaron,

– Viene, viene – le dijo Gabriel a Miguel,

            Hubo movimiento abajo, y observé las nuevas barbas de Jesús ingresando al río. Una luz fogosa que encegueció a los presentes surgió del Cielo, y pude ver a la Paloma decir: “Este es mi Hijo amado”. Juan el que bautiza quedó impávido y Jesús se levantó, y hablando sin que los otros le oyeran, me dijo,

– Es tiempo para que nos veamos la cara,

            Entonces se produjo un estruendo en la tierra y un cuervo surgió de dentro de la arena, diciendo: “Soportarás el rigor de cuarenta días en el desierto, Tú solo, y después vendrás a verme”. Y dicho eso me interné en la tranquilidad de las praderas arenosas.